En un año cambió mi modo de vestir y de peinarme; empecé a limarme las uñas, y después de ella jamás he vuelto a hacerlo; pisé con cierta asiduidad un campo de fútbol, y si antes apenas lo había hecho, después no volví a hacerlo.
Pero también en ese año me acostumbré a las habitaciones de hotel para una noche; a que mi coche sirviera para algo más que para desplazarme; a que la palabra masturbación, con sus manos, adquiriera otra dimensión; y a que las palabras sexo y control tuvieran una relación, entre ellas, inusitada para mi hasta ese momento.
Jamás he tenido unas relaciones sexuales tan dificultosas como las que tuve con ella. Una velada romántica en su mano acababa convirtiéndose en una guerra de sexos donde se hubiera de dirimir quién era el sexo fuerte, el que tenía el control.
Si yo entiendo las relaciones sexuales como un intercambio de sensaciones y una entrega recíproca, ella lo entendía como un juego de poder a poder. En esa dialéctica nuestra relación sufrió grandes altibajos.
A lo mejor estoy muy equivocado, pero yo pensaba que en el amor y en el sexo (que no están tan distantes como muchos intentan hacernos creer) lo que importa es una buena comunicación. Se trata de que dos cuerpos se entiendan y se compenetren, de que hagan un buen trabajo en equipo con el objetivo de salir ambos beneficiados con una buena descarga eléctrica que nos recorra el espinazo.







