29 de julio de 2008

Una relación fugaz (Capítulo II)

La primera noche no nos dió tiempo a llegar a nuestro destino final, el pueblecito casi abandonado que nos esperaba más allá de lluvias amarillas, pero había una casa inmensa y cómoda esperándonos con los brazos abiertos.

De camino habíamos hecho parada en un restaurante típico de la zona a tomar unos vinos y, de paso, hicimos acopio de guindas y peras de la región conservadas en orujo. Evidentemente estábamos pensando en los postres.



La distribución de las habitaciones corrió de cuenta de mi amigo, así que en la planta alta dormimos el hijo de su novia y yo, mientras que en la planta baja se quedó el resto del grupo. No me sentí discriminado, ni mucho menos, pues las habitaciones daban malamente para lo que daban, y así todos tendríamos intimidad suficiente para roncar sin miedo de molestar. Ya nos tocaría compartir dormitorio común, y por tanto sonidos y olores, en el pueblecito al que nos dirigiríamos a la mañana siguiente.

La cena, fundamentalmente a base de embutidos y pan de la tierra, y regada con unas botellas de buen mencía de la región, nos llevó entre risas y una agradable conversación a ensanchar los horizontes más allá de las formalidades. Las sonrisas se dilatan cuando la compañía agradable y la calidez de un buen fuego se arrullan en brazos de un licor bien mesurado, sin estridencias ni artificios.



Como a la mañana siguiente aún había que desplazarse decidimos acostarnos relativamente pronto, lo que motivó que mi cabeza diera más vueltas de las que habría sido prudente. No atravesaba yo en esa época un momento dulce y nunca he sido un lince en ciertas lides, así que prudentemente me abandoné en brazos de Morfeo al cabo de una buena hora.

Con el cambio de día todo volvió a la normalidad. Las distancias volvieron a ser las que marca la cortesía y el buen ambiente de la noche anterior se transformó en un educado buenos días. Sin más.

Cargamos las maletas en los coches y por una angosta y serpenteante carretera nos adentramos en terrenos donde los jabalíes campan a sus anchas y los corzos son un peligro súbito atravesando el camino. Paramos al pie de un puente y dejamos los coches, puesto que de la montaña habrían de bajar nuestros anfitriones en un desvencijado Lada Niva 4x4 con matrícula de León y letra Y.

Por caminos y cortafuegos embarrados y llenos de tajos perfilados a macheta por la lluvia avanzamos en reductora durante algo más de media hora. Cuando finalmente alcanzamos ese punto irreal reclinado sobre la ladera formado por unas cuantas casas a medio caer aborrecí que fuera de día. La vez anterior habíamos hecho el camino envueltos en tinieblas y apenas sí nos enteramos de los abismos en cuyo borde nos habíamos columpiado.

Pasó el resto del día como si nada. Visitamos los restos de un pueblo que en su día llegaron a habitar más de 300 almas y ahora yacía cuan largo era, exhausto en medio de la montaña, palideciendo con sus dos o tres habituales más los cuatro pelagatos de fin de semana.



Comimos y bebimos en la única construcción plenamente habitable en la ladera del Corón, la antigua escuela, a pocos metros de la entrada del pueblo. Una estufa de leña por toda la calefacción, alimentada cada poco con raíz de brezo... de urces, como allí las llaman. Menos mal que el vino se mide en este pueblo por garrafas y siempre hay un vaso limpio y una mano atenta a rellenarlo, pues el tiempo en pleno mes de octubre no concede muchas treguas a más de 1200 metros de altitud.

Pronto cae la noche
frente a las Hoces del Diablo
en mitad del otoño
y la conversación
se anima en un presente
vestido de entonces.

Al calor de la lumbre
y del alcohol que se descuelga
por la garganta reseca
de los humos
las parejas vanse apegando
como si lo más natural fuera
el cobijo buscado en cuerpo hermano.

Y no hay excepción
en dos extraños
que se entienden sin las manos
sin los labios
enredados
en la penumbra de las velas
y el olor del tabaco.

Brillan ojillos golosos
entre un flequillo destartalado,
y la pálida piel
de un hombro
se ofrece tibia y pícara
al labio pronto,
a la lengua juguetona
y la mano presta.

En silencio se apartan
del resto. Suben al dormitorio común
vacío a esa hora temprana
y sobran palabras
y prendas
y camas
pues no las hay.

Se eternizan instantes
temblores suaves y piel
contra piel vivaz
en el solaz del segundo
de los minutos
que no llegan
escasos en la inconsistencia
de un encuentro fugaz
mas pletórico y extenuado.

Nadie sube
a interrumpir encuentros
en los sacos de dormir
en colchones sin somier
y ya hoy es ayer
para volver a repetir
una otra vez.

24 de julio de 2008

Una relación fugaz (Capítulo I)

Justo antes de conocer a la que hoy en día es mi mujer tuve una fugaz y extraña relación. Sin embargo su recuerdo me resulta inevitable porque fue muy peculiar.

Hace unos 13 años me encontraba recién salido de la relación más negativa que jamás he tenido. Mi bestia negra me había hecho sufrir de lo lindo y decidí romper con ella. Mi actitud hacia el sexo femenino en general era de apatía generalizada y sin embargo ese verano tuve éxitos sin precedentes.

Llegó el otoño y con él más tranquilidad. Los días fríos y húmedos favorecían que me quedara más en casa o que los fines de semana me los planteara en plan tranquilo.

Uno de esos fines de semana me fui con unos compañeros del trabajo a un pueblecito prácticamente abandonado en la provincia de León donde uno de ellos tenía algunos buenos amigos.

El otro compañero, cantero de profesión, se apuntó al viaje porque pretendía colaborar en la reconstrucción de alguna casa aportando su arte y su “savoir faire”.

Yo, por mi parte, me apunté a colaborar en todo, pues soy de esos maestros de nada y aprendices de todo que valen para un roto y para un descosido. Tanto echo una maño cortando leña como coso un botón o levanto un tabique de ladrillo… por no hablar de cavar… una de mis especialidades profesionales.

La experiencia de ese fin de semana, claramente favorable, me llevó a aceptar cualquier otro fin de semana en condiciones similares. De esta forma, y al cabo de tres semanas, acepté volver al pueblecito con uno de mis compañeros, su novia y su hijo.

En principio íbamos a ir todos en un coche ya que, aunque algo apretados por las bolsas, cuatro personas íbamos bien en un Golf II del 89, pero el viernes por la mañana se apuntó una hermana de la novia de mi compañero recientemente divorciada. Como consecuencia primera, si quería ir tenía que llevar mi propio coche, lo cual no me hizo mucha gracia.

Por la tarde quedé con ellos para ver cómo nos repartíamos en los coches y decidieron endosarme a la cuñada y al niño… bonito fin de semana me esperaba. Sin embargo la cuñada resultó más llevadera de lo esperado y el niño estaba suficientemente educado como para no incordiar.

Después de casi 300 kms. y una charla bastante animada llegué a la conclusión de que A. era un tanto alocada pero interesante. Además, aunque no era muy alta tenía unas curvas que, bien miradas, podían resultar más peligrosas que algunas de las que acabábamos de recorrer en mi “Forforito”.



Sus ojos, de un felino azul y ligeramente almendrados, llamaban poderosamente el interés de los míos, siempre dispuestos a sumergirse en una aguas de semejante calado.



18 de julio de 2008

Perfumes y aromas (A.)

Quizás porque padezco una rinitis alérgica o simplemente porque sí, tengo un sentido del olfato especialmente desarrollado. No es que ose compararme con el genio de Jean-Baptiste Grenouille, ni mucho menos, pero suelo percatarme de cualquier olor nuevo en el ambiente antes de que el resto de la gente lo haga.


Como cabe suponer, en mis relaciones el sentido del olfato puede llegar a tener un peso específico considerable. Si tenemos en cuenta, además, que la atracción sexual es básicamente química de feromonas, la importancia de un olor puede hacer que una relación funcione o se deteriore.

La primera mujer de cuyo olor me prendí tenía 18 años y estudiaba en mi instituto. Yo en ese momento no pasaba de los 14 y era el típico pardillo que viene de un colegio masculino para encontrarse de repente con el sexo contrario; una desgracia humana, en definitiva.

Sin embargo conseguí que ella hablara conmigo y que me aconsejara en algunos problemas de identidad y de carácter que tenía en esos momentos, como todo adolescente que se precie.

Largos mensajes intercambiamos escritos en folios plegados y bastantes horas compartimos en ciertos locales, entre el humo del Ducados que ella fumaba con pasmosa soltura. No estaba enamorado de ella pero la admiraba. Podría decirse que le asigné el papel de hermana mayor que nunca tuve.

Ella acabó C.O.U. y se marchó a Santiago de Compostela a estudiar Filología Clásica. Yo seguí el Bachillerato. Muchos fines de semana ella volvía a Vigo, y yo sabía si había entrado en alguno de los locales que frecuentábamos sólo con inhalar durante unos segundos en la entrada de los mismos.

Aquel perfume con nombre de escritora de diarios
delataba su presencia
entre el ácido del humo
la humedad resbalando paredes
y la pegajosa sensación de la cerveza
derramada sobre mesas
y tarima.


Con ella aprendí que
somos barcas
a la deriva en el océano de la vida
y no merece
perder el tiempo
en naufragar por honor
ni por orgullo escorar.


Su aroma
me enseño que en los buenos perfumes
la nota final
suena bien
o mal
según quien la tañe.


Luego supe
de su sexo
agreste y sin complejos,
salvaje,
felino que bruñe barandillas
acorrala esquinas
derriba paredes desconchadas
y resuena en alcantarillas
de noches compostelanas.

Lo malo de todo esto es que yo no fui el beneficiado por sus habilidades amatorias. Bien es cierto, no obstante, que nunca intenté mantener relaciones sexuales con ella pues para mi siempre fue esa hermana sabia y mayor.

Hace un par de años que no veo a A., pero supongo que seguirá con J., y que su hijo H. será ya un veinteañero alto y desgarbado, como su padre, C.

Si mal no recuerdo, la última vez que nos vimos fue en un concierto al aire libre, en Castrelos, y estimé que para ella los años no pasarán mientras siga usando el perfume que la distingue del resto de las mujeres y hombres del orbe.

15 de julio de 2008

De higiene íntima y personal


Hoy he pillado a mi suegra lavándole a mi hijo mayor los huevos y el culo en el bidé.

Al preguntarle que por qué lo hacía me he enterado de que a todas sus hijas y a su hijo se lo hacía después de cada cagada.

Parece ser que, además, su hijo el más mejor de los cuatro. ¡Cojonudo!. El que mejor siguió después con la tradición. ¡Me alegro!

Y resulta que ésta es la primera información que tengo de semejante costumbre. Pues van ya para diez años que soy su yerno... ¡a buenas horas mangas verdes!


Que dice ella que es muy pulcra y muy limpia y que con el papel sólo no llega. Pues ¿qué me está llamando la tía ésta a la cara? Bueno, a mi y a bastante más de la mitad de la población mundial. ¡Habráse visto!

Ella será muy aseadita y muy limpia, pero lo será para limpiarse la conciencia, si es que la tiene.



Será la situación.

Serán los años, que cada vez tengo menos paciencia.

Será que serán sus años, que ya le van llegando también.

Será que todo se junta y cada día lo llevo peor.

No lo sé.


Eso sí, lo que yo no entiendo ahora es ¿por qué, si tan bien educaditos están todos sus hijos, mi mujer nunca se acuerda de tirar de la cadena del váter? ¿Es que eso no se lo enseñaron?

¡Ufff! ¡Qué bien sienta esto de poder decir uno lo que piensa, aunque sea por escrito y a desconocidos!.

12 de julio de 2008

Mi peluquera (N.)

Durante muchos años fui hombre de peluquería de hombres, como era habitual en el mundo donde me muevo, pero un buen día me dejé guiar por mi madre y probé en la peluquería a la que iba ella.

Mi hermano, que ya había ido, me comentó que aquellas peluqueras daban unos masajes al lavarte el pelo como jamás nadie le había hecho, y la curiosidad me animó.

Además, según él, no lucían las típicas batas de peluquería, sino que gustaban de lucir esos recortes de carne prieta que asoman a un balcón de lencería entre modelitos muy en la onda de la época. Hablo de 1990, año arriba, año abajo.

No me engañó mi hermano. En absoluto. Quizás las curvas que ostentaban las dos socias de la peluquería me recordaban más a las matronas fellinianas que a las modelos en boga por esos mismos años.

El resultado, en cualquier caso, fue una especie de fetichismo que me llevó a repetir la experiencia hasta el límite de dejarme hacer cosas con el pelo que jamás se me habría ocurrido hacer como, por ejemplo, dejarlo tan largo como para poder hacerme un moldeado.

Con los años entendí al personaje de la película francesa “El marido de la peluquera” que, desde que vio asomar al escote un pecho blanco, liso y perfectamente redondo, decidió que de mayor se casaría con una peluquera porque los maridos de las peluqueras son los hombres más afortunados del mundo.

Ese imaginario sobre las relaciones sexuales con las peluqueras, en general, se centró en la mía, en particular. Quizá por eso cuando las dos peluqueras disolvieron la sociedad que tenían montada decidí que iría a donde N. fuera a trabajar, y no precisamente porque sus cortes fueran los mejores del mundo.


Así, en vez de desplazarme a la manzana vecina, empecé a cruzar media ciudad cada vez que tenía que cortarme el pelo, pero el esfuerzo merecía la pena pues sus atenciones para conmigo solían mantener mi moral alta.

Y es que hay un mucho de sensual en un masaje capilar. Que le pregunten, sino, a Meryl Streep cómo le sentó el lavado de pelo en plena sabana africana servido de manos de Robert Redford. Yo me enamoré de la Streep en esa escena, y eso que sólo cierra los ojos y disfruta.

Sus manos

húmedas

sobre mi cabeza

girando en círculos

una y otra vez

insistiendo con suavidad

con presiones lentas y largas

los dedos separados abarcando

más

y más superficie

Al final la espuma

resbalando

cabeza abajo

-blanca y tibia-

hasta la base

que la une al cuerpo

Escalofrío de placer.

Vello erizado en brazos.

Calor tibio

y húmedo…

y esa sensación de abandono

en manos de otra

que nos transporta

al útero nutricio último,

al sentido íntimo de la vida,

al sexo explícito y prístino

de carne y vello.

Y es que hay tanto erótico acumulado en dos mujeres tocándose, aunque sólo sea para darse un golpe de color en los labios -como me enseño la película Caramel-, que participar de mirón puede convertir una sesión de manicura en una de sado y una de pedicura en el infierno en vida.

Años después cambié de casa y en sus bajos, casualidades de la vida, acababa de instalar N. su nuevo local. El piso no me disgustó, pero tampoco busqué más. Se ajustaba a lo que estaba buscando y además… mejor que mejor ¿no?

N. vive en el edificio contiguo.

Desde mi patio diviso sus ventanas e imagino a su marido, feliz y satisfecho.

Desde mi cocina diviso el jardín de su edificio y a veces, en las noches cálidas de verano, se acerca a la piscina y se sienta en las tumbonas viendo caer el sol sobre el mar o tras las montañas de la otra orilla.


Sola.

En compañía.

Saca un cigarrillo y lo enciende.

Yo miro y soy un poco más feliz porque sé que seguirá estando ahí al lado, al alcance.

Yo sufro porque no es mía, y envidio al gordo de su marido a pesar de que para poco en casa porque sé que cuando vuelve de sus viajes tiene a una peluquera de suaves formas redondeadas deseando tomarlo entre sus brazos y apretarlo contra sus pechos.

10 de julio de 2008


Adaptación al medio

A lo largo de mi vida siempre me he caracterizado por ser un espíritu inquieto (viene esto a cuento de un comentario que ha dejado en el post anterior Raquel) y ello me ha acarreado diversas vicisitudes y problemas en mis relaciones de pareja que, casi siempre, he ido resolviendo por la vía de apremio… o sea, que yo me he hecho cargo de la situación.

Que a mi chica no le gusta el rock duro, los U2 y los Rolling Stones, pues no se oyen ni en casa ni en su coche. Siempre me queda el mío, el trastero y el trabajo.

Que a mi mujer no le gustan las exposiciones ni los museos, pues voy menos de lo que me apetece y aprovecho momentos libres para ver exposiciones puntuales que me parecen especialmente interesantes.

Que ni novia no quiere que fume. Delante de ella no fumo. De esta manera llevo más de doce años fumando exclusivamente de lunes a viernes en horario laboral (hasta una hora antes de salir, aproximadamente) una media de tres cigarrillos. No fumo durante el fin de semana, ni durante las vacaciones, puentes y demás. Mejor para mi. Mejor para ella.

Diréis que por qué no rompo con ellas por culpa de estas diferencias. No rompo con ellas porque me parece que la vida se compone de muchísimas cosas hermosas de las que podemos disfrutar –entre ellas las relaciones de pareja- y resulta preferible un pequeño sacrificio con el que podemos convivir perfectamente a la soledad en la vida.


Será egoísmo. Será comodidad. Será lo que sea, pero por ahora me funciona bastante bien. Si algo me incomoda hago como que ni me he enterado. Es una postura egoísta, evidentemente, pero más egoísta es rechazar a otra persona porque no se tienen exactamente las mismas aficiones. Si así fuera, la humanidad ya habría desaparecido de la faz de la Tierra.

Sostenía Darwin que los ejemplares que transferían sus peculiaridades genéticas eran los que habían logrado adaptarse mejor al medio en que vivían. Yo me adapto para sobrevivir y pago un precio por ello. ¿Caro? ¿Barato? Por ahora bastante caro, pero creo que merece la pena seguir en esa línea. Como casi todo, depende del cristal con que se mire.

7 de julio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo V)

Los problemas no son tantos si se llevan en compañía, pero no si esta es de más problemas.

A las dificultades de entendimiento sexual acompañaron a esta relación cierta dosis de incertidumbre y desconfianza que, a la larga, se mostraron absolutamente justificadas.

Algunos días mi bestia negra alegaba peregrinas razones para quedar con hombres con los que tenía cosas pendientes y yo, en mi inocencia, suponía que serían temas laborales porque a casi todos los había conocido ella por razones laborales.

Las dudas comenzaron (a buenas horas) cuando al volver de uno de esos encuentros sus nervios delataron que algo anómalo había sucedido: un susto.

De la narración de los hechos cabe destacar que el hombre con el que ella había quedado había malinterpretado sus intenciones y la había arrastrado a un motel.

Creí que, o ella se explicaba muy mal, o ese hombre albergaba una mente calenturienta, lo que tampoco sería extraño dado lo llamativo y sensual de mi bestia negra.

Por mi parte culpé al hombre exclusivamente de lo sucedido (nunca llegué a saber quien era) y no pensé que ella pudiera haber dado pié a esa errada interpretación de lo que era una cita para hablar.

Con el paso del tiempo y la sucesión de hombres yo, que nunca había padecido el mal de los celos, comencé a recelar de todos y de todo.

Comencé a enfermar de suspicacia,

a temblar al oírle

decir

un café con…

a sudar con cada llamada

en su teléfono,

con cada hora de ausencia

justificada o no,

con una cena con…

Con un nombre de hombre

el pulso disparado.

Con un minuto de retraso

una angustia de horas.

Con una duda en su verbo

la sombra de la sospecha.

Con un viaje programado

la obsesión y el infierno.


Hasta que una amiga suya, quizás harta de ver lo que sucedía y yo no acaba de creer aunque sí sospechar, me abrió los ojos. De sus labios salió un nombre y una certeza que no pudo guardar por lástima.

Acabé por hacer lo que juré que nunca haría.

Una tarde-noche de otoño me despedí de ella para seguirla, para confirmar con mis ojos lo que mi corazón sospechaba pero no quería ver. Había uno, al menos, al que no debía importarle que ella llevara las riendas y que disfrutaba con aquel cuerpo con el que yo sufría.

Dos días después cancelé mis compromisos con ella. Sufrí durante meses el engaño, la traición y el hecho de haberme empeñado en una historia avocada a terminar mal desde el momento en que nació.

2 de julio de 2008


Mi bestia negra (Capítulo IV)

Como ya he comentado, mi principal problema con María I. (y es que ha habido varias María en mi vida) era la falta de entendimiento sexual, pero no porque no hubiera atracción mutua, que sí existió y en grandes dosis.

Lo que pasaba era que lo que yo entiendo que son algunos de los momentos más importantes de toda relación sexual –si no los más importantes- o incluso los pilares de la misma, para ella eran sencillamente insoportables.

Hablando claro. Yo creo que unos buenos preliminares son fundamentales para toda relación sexual (aunque en momentos de apuro se pueden obviar por razones evidentes) y que el cénit de toda relación sexual satisfactoria es un señor orgasmo (o varios, si puede ser). Esas dos verdades afirman mi experiencia sexual hasta la fecha.

Ella, sin embargo, procuraba evitar los preliminares y pasar al cuerpo a cuerpo, sin más.

Ella no quería llegar al orgasmo.

Ella quería que yo llegara y quería ver en mi cara su reflejo.

Quería dominar la situación y controlar cada gesto y cada caricia, cada giro de muñeca y cada convulsión.

No quería estallar en mil colores porque perdía el control.

No quería esa sensación de abandono e indefensión,

ese momento de dulce laxitud,

esa modorra placentera.

Como fiera siempre al acecho

mi bestia negra

necesitaba estar siempre alerta,

siempre atenta y expectante

y no bajar la guardia ni un segundo.

Por eso el orgasmo era su peor enemigo

y yo quien se empeñaba en dárselo.

Mi mejor regalo para su cuerpo felino,

para su sexo nervioso y ágil,

no era sino veneno dulce para su cerebro.

Aún hoy sigo sin entender esa opción suya que

evidentemente

no comparto en absoluto.

28 de junio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo III)

En un año cambió mi modo de vestir y de peinarme; empecé a limarme las uñas, y después de ella jamás he vuelto a hacerlo; pisé con cierta asiduidad un campo de fútbol, y si antes apenas lo había hecho, después no volví a hacerlo.

Pero también en ese año me acostumbré a las habitaciones de hotel para una noche; a que mi coche sirviera para algo más que para desplazarme; a que la palabra masturbación, con sus manos, adquiriera otra dimensión; y a que las palabras sexo y control tuvieran una relación, entre ellas, inusitada para mi hasta ese momento.

Jamás he tenido unas relaciones sexuales tan dificultosas como las que tuve con ella. Una velada romántica en su mano acababa convirtiéndose en una guerra de sexos donde se hubiera de dirimir quién era el sexo fuerte, el que tenía el control.

Si yo entiendo las relaciones sexuales como un intercambio de sensaciones y una entrega recíproca, ella lo entendía como un juego de poder a poder. En esa dialéctica nuestra relación sufrió grandes altibajos.


A lo mejor estoy muy equivocado, pero yo pensaba que en el amor y en el sexo (que no están tan distantes como muchos intentan hacernos creer) lo que importa es una buena comunicación. Se trata de que dos cuerpos se entiendan y se compenetren, de que hagan un buen trabajo en equipo con el objetivo de salir ambos beneficiados con una buena descarga eléctrica que nos recorra el espinazo.

27 de junio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo II)



Subía en el ascensor que lleva a su oficina y la sola idea de volver a verla hizo que se me encogiera el estómago. Llamé a la puerta entreabierta y sonrió como si fuera ayer cuando la ví por última vez.

Sabía que cualquier día me pasaría por allí, pues había dejado un recado que indirectamente era para ella.

Sin importarle que su jefe estuviera allí me saludó con un abrazo y atrajo mi cuerpo hacia el suyo como si los últimos once años no hubieran existido, como si nosotros hubiéramos sido sólo buenos amantes sin reproches, como si yo no supiera de lo que ella era capaz.

Pero no fuimos eso, ni mucho menos.

Fuimos una locura arrebatada por mi parte y un tropiezo innecesario por la suya.

Fuimos un choque de sexo y de cabezas.

Fuimos una historia que nunca debió gestarse en la mente de nadie para evitar heridos en combate.

Si yo era cabezota ella me superaba. Si yo quería darle placer, ella quería que yo fuera quien lo tuviera.

El año largo que duró nuestra historia mi ser entero quedó a su merced salvo en un aspecto, que fue en buena medida la pólvora de nuestra ruptura… aunque la mecha fuera otra.

24 de junio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo I)



Hace algunos días me surgió una necesidad de información, y la persona a la que tenía que recurrir para conseguirla era una ex novia. Mejor dicho, era la ex novia por excelencia, mi bestia negra particular.

Para no parecer exagerado me gustaría aclarar que, de todas las chicas con las que he salido a lo largo de estos casi 25 años, esta en particular fue la única con la que corté yo.

No. No estoy mintiendo. En casi todas las ocasiones la decisión fue propuesta por una u otra parte, o por las dos casi al unísono, pero casi siempre de mutuo acuerdo. En unas pocas relaciones fueron ella quienes me dieron la patada en el culo, y sólo en esta ocasión fui yo quien tomó unilateralmente la iniciativa y la decisión.


Y me costó.

Me costó ir durante meses al psicólogo.

Me costó varias estaciones de mal cuerpo y peor espíritu.

Me costó porque la quería con locura y, si lo analizo fríamente, aún me atrae su cuerpo delgado y trotón.



Me costó porque me enternece su mirada chispeante, me corroe las entrañas su voz –absolutamente embriagadora- cuando habla por teléfono.

Me costó porque sus pechos abruptos harían volver la mirada al coloso de Rodas y sus piernas a los colosos de Memmón.

Y justamente ayer volví a verla.

21 de junio de 2008

En silencio


El capitán amaneció
acariciando
un hueco
apenas tibio
del colchón.

A su saludo
respondió una espalda
y un muro de silencio.

Soledades de marinero
en tierra de lamias.

19 de junio de 2008

Ayer mismo en ella ... y hoy para mi.




Ayer mismo ella
dio por zanjada la singladura
tras el rancho.
El gesto sereno
y la decisión tomada meses atrás
sin saber día
ni hora.

El capitán ya no gobernaba ni
siquiera
gruñía
en su camarote.

El grumete,
acodado en la borda

silbaba el soplen serenas
las brisas,
ruja amenazas la ola...
mas nada decía.

Silencios encontrados
hacen del buque pecio
donde hay seres que no...
que ya no son uno en la bodega
y dos en la cubierta.


Hoy para mi es el cable
no por esperado menos
sorprendente.


Hoy las sirenas plantan
salitre
en mi pecho tras muchas mareas
en que mi dorna meca

hace aguas
y yo,
marinero en tierra extraña,
tercio velas y teso cabos.

El pairo siempre
fue una buena alternativa
para un mal marino
que no quiere,
que no puede perder
parte de su tripulación
ni de su carga

y duda
si levar anclas y dejar la nao
a merced de la galerna
o seguir dando bordadas
a ciegas
hasta encallar entre rocas
o entre playas.




¿Qué importa más? ¿el inicio o el fin?



El inicio de este blog tiene su importancia, porque sin inicio no hay un fin.

En este caso el inicio viene precedido de más de un año de lecturas a hurtadillas de infinidad de blogs en los que he curioseado, cotilleado, disfrutado y sufrido las aventuras y desventuras de sus autores y autoras.

A mayores, este inicio es fruto de una reflexión profunda sobre la conveniencia o no de su existir. Esta reflexión me ha llevado en torno a dos o tres semanas.

Para colmo de males lleva abierto casi un mes y aún no me he decidido hasta hoy a redactar la primera entrada. Sólo espero que el ritmo de publicación habitual sea algo más frecuente. Una vez dado el primer paso el resto suele venir rodado.

Ahora que ya estoy metido en harina os diré que este blog también tiene un fin, aunque supongo que todos más o menos tienen un fin más o menos claro para su autor o autora.

Este blog es una herramienta de catarsis... una especie de moderno confesionario en donde iré desgranando mis aproximadamente 25 años de vida sentimental, mis aventuras y desventuras con mujeres (básicamente) aunque algún hombre también haya pasado de manera furtiva.


Y es que me confieso, después de lo dicho anteriormente, un profundo y sincero admirador del ser femenino (en cuerpo y alma, en sangre y pelo, en sexo y calma) y un honesto detractor de la actitud de algunas mujeres con las que me he topado. Aún así, son multitud las buenas sensaciones que me han proporcionado y sólo una minucia las malas.

Ahora nada más. Sirva este principio de incertidumbre para saludar a todos los lectores y lectoras que han sido invitados personalmente por correo electrónico y, a quienes por aquí pasen casualmente o por rebote, gracias por guareceros en mi blog.