29 de julio de 2008

Una relación fugaz (Capítulo II)

La primera noche no nos dió tiempo a llegar a nuestro destino final, el pueblecito casi abandonado que nos esperaba más allá de lluvias amarillas, pero había una casa inmensa y cómoda esperándonos con los brazos abiertos.

De camino habíamos hecho parada en un restaurante típico de la zona a tomar unos vinos y, de paso, hicimos acopio de guindas y peras de la región conservadas en orujo. Evidentemente estábamos pensando en los postres.



La distribución de las habitaciones corrió de cuenta de mi amigo, así que en la planta alta dormimos el hijo de su novia y yo, mientras que en la planta baja se quedó el resto del grupo. No me sentí discriminado, ni mucho menos, pues las habitaciones daban malamente para lo que daban, y así todos tendríamos intimidad suficiente para roncar sin miedo de molestar. Ya nos tocaría compartir dormitorio común, y por tanto sonidos y olores, en el pueblecito al que nos dirigiríamos a la mañana siguiente.

La cena, fundamentalmente a base de embutidos y pan de la tierra, y regada con unas botellas de buen mencía de la región, nos llevó entre risas y una agradable conversación a ensanchar los horizontes más allá de las formalidades. Las sonrisas se dilatan cuando la compañía agradable y la calidez de un buen fuego se arrullan en brazos de un licor bien mesurado, sin estridencias ni artificios.



Como a la mañana siguiente aún había que desplazarse decidimos acostarnos relativamente pronto, lo que motivó que mi cabeza diera más vueltas de las que habría sido prudente. No atravesaba yo en esa época un momento dulce y nunca he sido un lince en ciertas lides, así que prudentemente me abandoné en brazos de Morfeo al cabo de una buena hora.

Con el cambio de día todo volvió a la normalidad. Las distancias volvieron a ser las que marca la cortesía y el buen ambiente de la noche anterior se transformó en un educado buenos días. Sin más.

Cargamos las maletas en los coches y por una angosta y serpenteante carretera nos adentramos en terrenos donde los jabalíes campan a sus anchas y los corzos son un peligro súbito atravesando el camino. Paramos al pie de un puente y dejamos los coches, puesto que de la montaña habrían de bajar nuestros anfitriones en un desvencijado Lada Niva 4x4 con matrícula de León y letra Y.

Por caminos y cortafuegos embarrados y llenos de tajos perfilados a macheta por la lluvia avanzamos en reductora durante algo más de media hora. Cuando finalmente alcanzamos ese punto irreal reclinado sobre la ladera formado por unas cuantas casas a medio caer aborrecí que fuera de día. La vez anterior habíamos hecho el camino envueltos en tinieblas y apenas sí nos enteramos de los abismos en cuyo borde nos habíamos columpiado.

Pasó el resto del día como si nada. Visitamos los restos de un pueblo que en su día llegaron a habitar más de 300 almas y ahora yacía cuan largo era, exhausto en medio de la montaña, palideciendo con sus dos o tres habituales más los cuatro pelagatos de fin de semana.



Comimos y bebimos en la única construcción plenamente habitable en la ladera del Corón, la antigua escuela, a pocos metros de la entrada del pueblo. Una estufa de leña por toda la calefacción, alimentada cada poco con raíz de brezo... de urces, como allí las llaman. Menos mal que el vino se mide en este pueblo por garrafas y siempre hay un vaso limpio y una mano atenta a rellenarlo, pues el tiempo en pleno mes de octubre no concede muchas treguas a más de 1200 metros de altitud.

Pronto cae la noche
frente a las Hoces del Diablo
en mitad del otoño
y la conversación
se anima en un presente
vestido de entonces.

Al calor de la lumbre
y del alcohol que se descuelga
por la garganta reseca
de los humos
las parejas vanse apegando
como si lo más natural fuera
el cobijo buscado en cuerpo hermano.

Y no hay excepción
en dos extraños
que se entienden sin las manos
sin los labios
enredados
en la penumbra de las velas
y el olor del tabaco.

Brillan ojillos golosos
entre un flequillo destartalado,
y la pálida piel
de un hombro
se ofrece tibia y pícara
al labio pronto,
a la lengua juguetona
y la mano presta.

En silencio se apartan
del resto. Suben al dormitorio común
vacío a esa hora temprana
y sobran palabras
y prendas
y camas
pues no las hay.

Se eternizan instantes
temblores suaves y piel
contra piel vivaz
en el solaz del segundo
de los minutos
que no llegan
escasos en la inconsistencia
de un encuentro fugaz
mas pletórico y extenuado.

Nadie sube
a interrumpir encuentros
en los sacos de dormir
en colchones sin somier
y ya hoy es ayer
para volver a repetir
una otra vez.

24 de julio de 2008

Una relación fugaz (Capítulo I)

Justo antes de conocer a la que hoy en día es mi mujer tuve una fugaz y extraña relación. Sin embargo su recuerdo me resulta inevitable porque fue muy peculiar.

Hace unos 13 años me encontraba recién salido de la relación más negativa que jamás he tenido. Mi bestia negra me había hecho sufrir de lo lindo y decidí romper con ella. Mi actitud hacia el sexo femenino en general era de apatía generalizada y sin embargo ese verano tuve éxitos sin precedentes.

Llegó el otoño y con él más tranquilidad. Los días fríos y húmedos favorecían que me quedara más en casa o que los fines de semana me los planteara en plan tranquilo.

Uno de esos fines de semana me fui con unos compañeros del trabajo a un pueblecito prácticamente abandonado en la provincia de León donde uno de ellos tenía algunos buenos amigos.

El otro compañero, cantero de profesión, se apuntó al viaje porque pretendía colaborar en la reconstrucción de alguna casa aportando su arte y su “savoir faire”.

Yo, por mi parte, me apunté a colaborar en todo, pues soy de esos maestros de nada y aprendices de todo que valen para un roto y para un descosido. Tanto echo una maño cortando leña como coso un botón o levanto un tabique de ladrillo… por no hablar de cavar… una de mis especialidades profesionales.

La experiencia de ese fin de semana, claramente favorable, me llevó a aceptar cualquier otro fin de semana en condiciones similares. De esta forma, y al cabo de tres semanas, acepté volver al pueblecito con uno de mis compañeros, su novia y su hijo.

En principio íbamos a ir todos en un coche ya que, aunque algo apretados por las bolsas, cuatro personas íbamos bien en un Golf II del 89, pero el viernes por la mañana se apuntó una hermana de la novia de mi compañero recientemente divorciada. Como consecuencia primera, si quería ir tenía que llevar mi propio coche, lo cual no me hizo mucha gracia.

Por la tarde quedé con ellos para ver cómo nos repartíamos en los coches y decidieron endosarme a la cuñada y al niño… bonito fin de semana me esperaba. Sin embargo la cuñada resultó más llevadera de lo esperado y el niño estaba suficientemente educado como para no incordiar.

Después de casi 300 kms. y una charla bastante animada llegué a la conclusión de que A. era un tanto alocada pero interesante. Además, aunque no era muy alta tenía unas curvas que, bien miradas, podían resultar más peligrosas que algunas de las que acabábamos de recorrer en mi “Forforito”.



Sus ojos, de un felino azul y ligeramente almendrados, llamaban poderosamente el interés de los míos, siempre dispuestos a sumergirse en una aguas de semejante calado.



18 de julio de 2008

Perfumes y aromas (A.)

Quizás porque padezco una rinitis alérgica o simplemente porque sí, tengo un sentido del olfato especialmente desarrollado. No es que ose compararme con el genio de Jean-Baptiste Grenouille, ni mucho menos, pero suelo percatarme de cualquier olor nuevo en el ambiente antes de que el resto de la gente lo haga.


Como cabe suponer, en mis relaciones el sentido del olfato puede llegar a tener un peso específico considerable. Si tenemos en cuenta, además, que la atracción sexual es básicamente química de feromonas, la importancia de un olor puede hacer que una relación funcione o se deteriore.

La primera mujer de cuyo olor me prendí tenía 18 años y estudiaba en mi instituto. Yo en ese momento no pasaba de los 14 y era el típico pardillo que viene de un colegio masculino para encontrarse de repente con el sexo contrario; una desgracia humana, en definitiva.

Sin embargo conseguí que ella hablara conmigo y que me aconsejara en algunos problemas de identidad y de carácter que tenía en esos momentos, como todo adolescente que se precie.

Largos mensajes intercambiamos escritos en folios plegados y bastantes horas compartimos en ciertos locales, entre el humo del Ducados que ella fumaba con pasmosa soltura. No estaba enamorado de ella pero la admiraba. Podría decirse que le asigné el papel de hermana mayor que nunca tuve.

Ella acabó C.O.U. y se marchó a Santiago de Compostela a estudiar Filología Clásica. Yo seguí el Bachillerato. Muchos fines de semana ella volvía a Vigo, y yo sabía si había entrado en alguno de los locales que frecuentábamos sólo con inhalar durante unos segundos en la entrada de los mismos.

Aquel perfume con nombre de escritora de diarios
delataba su presencia
entre el ácido del humo
la humedad resbalando paredes
y la pegajosa sensación de la cerveza
derramada sobre mesas
y tarima.


Con ella aprendí que
somos barcas
a la deriva en el océano de la vida
y no merece
perder el tiempo
en naufragar por honor
ni por orgullo escorar.


Su aroma
me enseño que en los buenos perfumes
la nota final
suena bien
o mal
según quien la tañe.


Luego supe
de su sexo
agreste y sin complejos,
salvaje,
felino que bruñe barandillas
acorrala esquinas
derriba paredes desconchadas
y resuena en alcantarillas
de noches compostelanas.

Lo malo de todo esto es que yo no fui el beneficiado por sus habilidades amatorias. Bien es cierto, no obstante, que nunca intenté mantener relaciones sexuales con ella pues para mi siempre fue esa hermana sabia y mayor.

Hace un par de años que no veo a A., pero supongo que seguirá con J., y que su hijo H. será ya un veinteañero alto y desgarbado, como su padre, C.

Si mal no recuerdo, la última vez que nos vimos fue en un concierto al aire libre, en Castrelos, y estimé que para ella los años no pasarán mientras siga usando el perfume que la distingue del resto de las mujeres y hombres del orbe.