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7 de julio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo V)

Los problemas no son tantos si se llevan en compañía, pero no si esta es de más problemas.

A las dificultades de entendimiento sexual acompañaron a esta relación cierta dosis de incertidumbre y desconfianza que, a la larga, se mostraron absolutamente justificadas.

Algunos días mi bestia negra alegaba peregrinas razones para quedar con hombres con los que tenía cosas pendientes y yo, en mi inocencia, suponía que serían temas laborales porque a casi todos los había conocido ella por razones laborales.

Las dudas comenzaron (a buenas horas) cuando al volver de uno de esos encuentros sus nervios delataron que algo anómalo había sucedido: un susto.

De la narración de los hechos cabe destacar que el hombre con el que ella había quedado había malinterpretado sus intenciones y la había arrastrado a un motel.

Creí que, o ella se explicaba muy mal, o ese hombre albergaba una mente calenturienta, lo que tampoco sería extraño dado lo llamativo y sensual de mi bestia negra.

Por mi parte culpé al hombre exclusivamente de lo sucedido (nunca llegué a saber quien era) y no pensé que ella pudiera haber dado pié a esa errada interpretación de lo que era una cita para hablar.

Con el paso del tiempo y la sucesión de hombres yo, que nunca había padecido el mal de los celos, comencé a recelar de todos y de todo.

Comencé a enfermar de suspicacia,

a temblar al oírle

decir

un café con…

a sudar con cada llamada

en su teléfono,

con cada hora de ausencia

justificada o no,

con una cena con…

Con un nombre de hombre

el pulso disparado.

Con un minuto de retraso

una angustia de horas.

Con una duda en su verbo

la sombra de la sospecha.

Con un viaje programado

la obsesión y el infierno.


Hasta que una amiga suya, quizás harta de ver lo que sucedía y yo no acaba de creer aunque sí sospechar, me abrió los ojos. De sus labios salió un nombre y una certeza que no pudo guardar por lástima.

Acabé por hacer lo que juré que nunca haría.

Una tarde-noche de otoño me despedí de ella para seguirla, para confirmar con mis ojos lo que mi corazón sospechaba pero no quería ver. Había uno, al menos, al que no debía importarle que ella llevara las riendas y que disfrutaba con aquel cuerpo con el que yo sufría.

Dos días después cancelé mis compromisos con ella. Sufrí durante meses el engaño, la traición y el hecho de haberme empeñado en una historia avocada a terminar mal desde el momento en que nació.

2 de julio de 2008


Mi bestia negra (Capítulo IV)

Como ya he comentado, mi principal problema con María I. (y es que ha habido varias María en mi vida) era la falta de entendimiento sexual, pero no porque no hubiera atracción mutua, que sí existió y en grandes dosis.

Lo que pasaba era que lo que yo entiendo que son algunos de los momentos más importantes de toda relación sexual –si no los más importantes- o incluso los pilares de la misma, para ella eran sencillamente insoportables.

Hablando claro. Yo creo que unos buenos preliminares son fundamentales para toda relación sexual (aunque en momentos de apuro se pueden obviar por razones evidentes) y que el cénit de toda relación sexual satisfactoria es un señor orgasmo (o varios, si puede ser). Esas dos verdades afirman mi experiencia sexual hasta la fecha.

Ella, sin embargo, procuraba evitar los preliminares y pasar al cuerpo a cuerpo, sin más.

Ella no quería llegar al orgasmo.

Ella quería que yo llegara y quería ver en mi cara su reflejo.

Quería dominar la situación y controlar cada gesto y cada caricia, cada giro de muñeca y cada convulsión.

No quería estallar en mil colores porque perdía el control.

No quería esa sensación de abandono e indefensión,

ese momento de dulce laxitud,

esa modorra placentera.

Como fiera siempre al acecho

mi bestia negra

necesitaba estar siempre alerta,

siempre atenta y expectante

y no bajar la guardia ni un segundo.

Por eso el orgasmo era su peor enemigo

y yo quien se empeñaba en dárselo.

Mi mejor regalo para su cuerpo felino,

para su sexo nervioso y ágil,

no era sino veneno dulce para su cerebro.

Aún hoy sigo sin entender esa opción suya que

evidentemente

no comparto en absoluto.

28 de junio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo III)

En un año cambió mi modo de vestir y de peinarme; empecé a limarme las uñas, y después de ella jamás he vuelto a hacerlo; pisé con cierta asiduidad un campo de fútbol, y si antes apenas lo había hecho, después no volví a hacerlo.

Pero también en ese año me acostumbré a las habitaciones de hotel para una noche; a que mi coche sirviera para algo más que para desplazarme; a que la palabra masturbación, con sus manos, adquiriera otra dimensión; y a que las palabras sexo y control tuvieran una relación, entre ellas, inusitada para mi hasta ese momento.

Jamás he tenido unas relaciones sexuales tan dificultosas como las que tuve con ella. Una velada romántica en su mano acababa convirtiéndose en una guerra de sexos donde se hubiera de dirimir quién era el sexo fuerte, el que tenía el control.

Si yo entiendo las relaciones sexuales como un intercambio de sensaciones y una entrega recíproca, ella lo entendía como un juego de poder a poder. En esa dialéctica nuestra relación sufrió grandes altibajos.


A lo mejor estoy muy equivocado, pero yo pensaba que en el amor y en el sexo (que no están tan distantes como muchos intentan hacernos creer) lo que importa es una buena comunicación. Se trata de que dos cuerpos se entiendan y se compenetren, de que hagan un buen trabajo en equipo con el objetivo de salir ambos beneficiados con una buena descarga eléctrica que nos recorra el espinazo.

27 de junio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo II)



Subía en el ascensor que lleva a su oficina y la sola idea de volver a verla hizo que se me encogiera el estómago. Llamé a la puerta entreabierta y sonrió como si fuera ayer cuando la ví por última vez.

Sabía que cualquier día me pasaría por allí, pues había dejado un recado que indirectamente era para ella.

Sin importarle que su jefe estuviera allí me saludó con un abrazo y atrajo mi cuerpo hacia el suyo como si los últimos once años no hubieran existido, como si nosotros hubiéramos sido sólo buenos amantes sin reproches, como si yo no supiera de lo que ella era capaz.

Pero no fuimos eso, ni mucho menos.

Fuimos una locura arrebatada por mi parte y un tropiezo innecesario por la suya.

Fuimos un choque de sexo y de cabezas.

Fuimos una historia que nunca debió gestarse en la mente de nadie para evitar heridos en combate.

Si yo era cabezota ella me superaba. Si yo quería darle placer, ella quería que yo fuera quien lo tuviera.

El año largo que duró nuestra historia mi ser entero quedó a su merced salvo en un aspecto, que fue en buena medida la pólvora de nuestra ruptura… aunque la mecha fuera otra.

24 de junio de 2008

Mi bestia negra (Capítulo I)



Hace algunos días me surgió una necesidad de información, y la persona a la que tenía que recurrir para conseguirla era una ex novia. Mejor dicho, era la ex novia por excelencia, mi bestia negra particular.

Para no parecer exagerado me gustaría aclarar que, de todas las chicas con las que he salido a lo largo de estos casi 25 años, esta en particular fue la única con la que corté yo.

No. No estoy mintiendo. En casi todas las ocasiones la decisión fue propuesta por una u otra parte, o por las dos casi al unísono, pero casi siempre de mutuo acuerdo. En unas pocas relaciones fueron ella quienes me dieron la patada en el culo, y sólo en esta ocasión fui yo quien tomó unilateralmente la iniciativa y la decisión.


Y me costó.

Me costó ir durante meses al psicólogo.

Me costó varias estaciones de mal cuerpo y peor espíritu.

Me costó porque la quería con locura y, si lo analizo fríamente, aún me atrae su cuerpo delgado y trotón.



Me costó porque me enternece su mirada chispeante, me corroe las entrañas su voz –absolutamente embriagadora- cuando habla por teléfono.

Me costó porque sus pechos abruptos harían volver la mirada al coloso de Rodas y sus piernas a los colosos de Memmón.

Y justamente ayer volví a verla.