Mi bestia negra (Capítulo V)
Los problemas no son tantos si se llevan en compañía, pero no si esta es de más problemas.
A las dificultades de entendimiento sexual acompañaron a esta relación cierta dosis de incertidumbre y desconfianza que, a la larga, se mostraron absolutamente justificadas.
Algunos días mi bestia negra alegaba peregrinas razones para quedar con hombres con los que tenía cosas pendientes y yo, en mi inocencia, suponía que serían temas laborales porque a casi todos los había conocido ella por razones laborales.
Las dudas comenzaron (a buenas horas) cuando al volver de uno de esos encuentros sus nervios delataron que algo anómalo había sucedido: un susto.
De la narración de los hechos cabe destacar que el hombre con el que ella había quedado había malinterpretado sus intenciones y la había arrastrado a un motel.
Creí que, o ella se explicaba muy mal, o ese hombre albergaba una mente calenturienta, lo que tampoco sería extraño dado lo llamativo y sensual de mi bestia negra.
Por mi parte culpé al hombre exclusivamente de lo sucedido (nunca llegué a saber quien era) y no pensé que ella pudiera haber dado pié a esa errada interpretación de lo que era una cita para hablar.
Con el paso del tiempo y la sucesión de hombres yo, que nunca había padecido el mal de los celos, comencé a recelar de todos y de todo.
Comencé a enfermar de suspicacia,
a temblar al oírle
decir
un café con…
a sudar con cada llamada
en su teléfono,
con cada hora de ausencia
justificada o no,
con una cena con…
Con un nombre de hombre
el pulso disparado.
Con un minuto de retraso
una angustia de horas.
Con una duda en su verbo
la sombra de la sospecha.
Con un viaje programado
la obsesión y el infierno.
Hasta que una amiga suya, quizás harta de ver lo que sucedía y yo no acaba de creer aunque sí sospechar, me abrió los ojos. De sus labios salió un nombre y una certeza que no pudo guardar por lástima.
Acabé por hacer lo que juré que nunca haría.
Una tarde-noche de otoño me despedí de ella para seguirla, para confirmar con mis ojos lo que mi corazón sospechaba pero no quería ver. Había uno, al menos, al que no debía importarle que ella llevara las riendas y que disfrutaba con aquel cuerpo con el que yo sufría.
Dos días después cancelé mis compromisos con ella. Sufrí durante meses el engaño, la traición y el hecho de haberme empeñado en una historia avocada a terminar mal desde el momento en que nació.







