De camino habíamos hecho parada en un restaurante típico de la zona a tomar unos vinos y, de paso, hicimos acopio de guindas y peras de la región conservadas en orujo. Evidentemente estábamos pensando en los postres.
La distribución de las habitaciones corrió de cuenta de mi amigo, así que en la planta alta dormimos el hijo de su novia y yo, mientras que en la planta baja se quedó el resto del grupo. No me sentí discriminado, ni mucho menos, pues las habitaciones daban malamente para lo que daban, y así todos tendríamos intimidad suficiente para roncar sin miedo de molestar. Ya nos tocaría compartir dormitorio común, y por tanto sonidos y olores, en el pueblecito al que nos dirigiríamos a la mañana siguiente.
La cena, fundamentalmente a base de embutidos y pan de la tierra, y regada con unas botellas de buen mencía de la región, nos llevó entre risas y una agradable conversación a ensanchar los horizontes más allá de las formalidades. Las sonrisas se dilatan cuando la compañía agradable y la calidez de un buen fuego se arrullan en brazos de un licor bien mesurado, sin estridencias ni artificios.
Como a la mañana siguiente aún había que desplazarse decidimos acostarnos relativamente pronto, lo que motivó que mi cabeza diera más vueltas de las que habría sido prudente. No atravesaba yo en esa época un momento dulce y nunca he sido un lince en ciertas lides, así que prudentemente me abandoné en brazos de Morfeo al cabo de una buena hora.
Con el cambio de día todo volvió a la normalidad. Las distancias volvieron a ser las que marca la cortesía y el buen ambiente de la noche anterior se transformó en un educado buenos días. Sin más.
Cargamos las maletas en los coches y por una angosta y serpenteante carretera nos adentramos en terrenos donde los jabalíes campan a sus anchas y los corzos son un peligro súbito atravesando el camino. Paramos al pie de un puente y dejamos los coches, puesto que de la montaña habrían de bajar nuestros anfitriones en un desvencijado Lada Niva 4x4 con matrícula de León y letra Y.
Por caminos y cortafuegos embarrados y llenos de tajos perfilados a macheta por la lluvia avanzamos en reductora durante algo más de media hora. Cuando finalmente alcanzamos ese punto irreal reclinado sobre la ladera formado por unas cuantas casas a medio caer aborrecí que fuera de día. La vez anterior habíamos hecho el camino envueltos en tinieblas y apenas sí nos enteramos de los abismos en cuyo borde nos habíamos columpiado.
Pasó el resto del día como si nada. Visitamos los restos de un pueblo que en su día llegaron a habitar más de 300 almas y ahora yacía cuan largo era, exhausto en medio de la montaña, palideciendo con sus dos o tres habituales más los cuatro pelagatos de fin de semana.
Comimos y bebimos en la única construcción plenamente habitable en la ladera del Corón, la antigua escuela, a pocos metros de la entrada del pueblo. Una estufa de leña por toda la calefacción, alimentada cada poco con raíz de brezo... de urces, como allí las llaman. Menos mal que el vino se mide en este pueblo por garrafas y siempre hay un vaso limpio y una mano atenta a rellenarlo, pues el tiempo en pleno mes de octubre no concede muchas treguas a más de 1200 metros de altitud.
Pronto cae la noche
frente a las Hoces del Diablo
en mitad del otoño
y la conversación
se anima en un presente
vestido de entonces.
Al calor de la lumbre
y del alcohol que se descuelga
por la garganta reseca
de los humos
las parejas vanse apegando
como si lo más natural fuera
el cobijo buscado en cuerpo hermano.
Y no hay excepción
en dos extraños
que se entienden sin las manos
sin los labios
enredados
en la penumbra de las velas
y el olor del tabaco.
Brillan ojillos golosos
entre un flequillo destartalado,
y la pálida piel
de un hombro
se ofrece tibia y pícara
al labio pronto,
a la lengua juguetona
y la mano presta.
En silencio se apartan
del resto. Suben al dormitorio común
vacío a esa hora temprana
y sobran palabras
y prendas
y camas
pues no las hay.
Se eternizan instantes
temblores suaves y piel
contra piel vivaz
en el solaz del segundo
de los minutos
que no llegan
escasos en la inconsistencia
de un encuentro fugaz
mas pletórico y extenuado.
Nadie sube
a interrumpir encuentros
en los sacos de dormir
en colchones sin somier
y ya hoy es ayer
para volver a repetir
una otra vez.



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