Subía en el ascensor que lleva a su oficina y la sola idea de volver a verla hizo que se me encogiera el estómago. Llamé a la puerta entreabierta y sonrió como si fuera ayer cuando la ví por última vez.
Sabía que cualquier día me pasaría por allí, pues había dejado un recado que indirectamente era para ella.
Sin importarle que su jefe estuviera allí me saludó con un abrazo y atrajo mi cuerpo hacia el suyo como si los últimos once años no hubieran existido, como si nosotros hubiéramos sido sólo buenos amantes sin reproches, como si yo no supiera de lo que ella era capaz.
Pero no fuimos eso, ni mucho menos.
Fuimos una locura arrebatada por mi parte y un tropiezo innecesario por la suya.
Fuimos un choque de sexo y de cabezas.
Fuimos una historia que nunca debió gestarse en la mente de nadie para evitar heridos en combate.
Si yo era cabezota ella me superaba. Si yo quería darle placer, ella quería que yo fuera quien lo tuviera.
El año largo que duró nuestra historia mi ser entero quedó a su merced salvo en un aspecto, que fue en buena medida la pólvora de nuestra ruptura… aunque la mecha fuera otra.



4 comentarios:
Lo de la mecha es una...
Como te dije tuve una relación parecida, yo no la he vuelto a ver.
... la mecha... ¡¡la madre que parió a la mecha!! Veo que sabes por dónde voy, Joako
Por qué siempre sonríen como si el tiempo no hubiese pasado?
Sigo leyendo...
Saludos :)
No lo sé, Pati, aunqe supongo que será cuestión de sangre fría, de arrogancia, de indiferencia...
A mi, sinceramente, me cuesta forzar tanto el gesto.
Te dejo seguir leyendo.
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