Mi peluquera (N.)
Durante muchos años fui hombre de peluquería de hombres, como era habitual en el mundo donde me muevo, pero un buen día me dejé guiar por mi madre y probé en la peluquería a la que iba ella.
Mi hermano, que ya había ido, me comentó que aquellas peluqueras daban unos masajes al lavarte el pelo como jamás nadie le había hecho, y la curiosidad me animó.
Además, según él, no lucían las típicas batas de peluquería, sino que gustaban de lucir esos recortes de carne prieta que asoman a un balcón de lencería entre modelitos muy en la onda de
No me engañó mi hermano. En absoluto. Quizás las curvas que ostentaban las dos socias de la peluquería me recordaban más a las matronas fellinianas que a las modelos en boga por esos mismos años.
El resultado, en cualquier caso, fue una especie de fetichismo que me llevó a repetir la experiencia hasta el límite de dejarme hacer cosas con el pelo que jamás se me habría ocurrido hacer como, por ejemplo, dejarlo tan largo como para poder hacerme un moldeado.
Con los años entendí al personaje de la película francesa “El marido de la peluquera” que, desde que vio asomar al escote un pecho blanco, liso y perfectamente redondo, decidió que de mayor se casaría con una peluquera porque los maridos de las peluqueras son los hombres más afortunados del mundo.
Ese imaginario sobre las relaciones sexuales con las peluqueras, en general, se centró en la mía, en particular. Quizá por eso cuando las dos peluqueras disolvieron la sociedad que tenían montada decidí que iría a donde N. fuera a trabajar, y no precisamente porque sus cortes fueran los mejores del mundo.
Así, en vez de desplazarme a la manzana vecina, empecé a cruzar media ciudad cada vez que tenía que cortarme el pelo, pero el esfuerzo merecía la pena pues sus atenciones para conmigo solían mantener mi moral alta.
Y es que hay un mucho de sensual en un masaje capilar. Que le pregunten, sino, a Meryl Streep cómo le sentó el lavado de pelo en plena sabana africana servido de manos de Robert Redford. Yo me enamoré de la Streep en esa escena, y eso que sólo cierra los ojos y disfruta.
Sus manos
húmedas
sobre mi cabeza
girando en círculos
una y otra vez
insistiendo con suavidad
con presiones lentas y largas
los dedos separados abarcando
más
y más superficie
Al final la espuma
resbalando
cabeza abajo
-blanca y tibia-
hasta la base
que la une al cuerpo
Escalofrío de placer.
Vello erizado en brazos.
Calor tibio
y húmedo…
y esa sensación de abandono
en manos de otra
que nos transporta
al útero nutricio último,
al sentido íntimo de la vida,
al sexo explícito y prístino
de carne y vello.
Y es que hay tanto erótico acumulado en dos mujeres tocándose, aunque sólo sea para darse un golpe de color en los labios -como me enseño
Años después cambié de casa y en sus bajos, casualidades de la vida, acababa de instalar N. su nuevo local. El piso no me disgustó, pero tampoco busqué más. Se ajustaba a lo que estaba buscando y además… mejor que mejor ¿no?
N. vive en el edificio contiguo.
Desde mi patio diviso sus ventanas e imagino a su marido, feliz y satisfecho.
Desde mi cocina diviso el jardín de su edificio y a veces, en las noches cálidas de verano, se acerca a la piscina y se sienta en las tumbonas viendo caer el sol sobre el mar o tras las montañas de la otra orilla.
Sola.
En compañía.
Saca un cigarrillo y lo enciende.
Yo miro y soy un poco más feliz porque sé que seguirá estando ahí al lado, al alcance.
Yo sufro porque no es mía, y envidio al gordo de su marido a pesar de que para poco en casa porque sé que cuando vuelve de sus viajes tiene a una peluquera de suaves formas redondeadas deseando tomarlo entre sus brazos y apretarlo contra sus pechos.
.jpg)




2 comentarios:
Me has dado de lleno, creia que nadie sentia estas sensaciones, o no tan intensas, en la pila de lavado de las peluquerias.
Anna Galiena, es en mi imaginario LA PELUQUERA.
Pues ya ves que no eres el único... y es que las peluquerías de hombres están bien para hablar de fútbol y política (a quien le guste), pero para disfrutar del trato las unisex no tienen precio, Joako.
Anna Galiena me vale, para qué engañarnos, pero N. está más "a tiro de piedra" ¿no? Yo es que soy muy materialista para según qué cosas... jajaja!
Publicar un comentario