24 de julio de 2008

Una relación fugaz (Capítulo I)

Justo antes de conocer a la que hoy en día es mi mujer tuve una fugaz y extraña relación. Sin embargo su recuerdo me resulta inevitable porque fue muy peculiar.

Hace unos 13 años me encontraba recién salido de la relación más negativa que jamás he tenido. Mi bestia negra me había hecho sufrir de lo lindo y decidí romper con ella. Mi actitud hacia el sexo femenino en general era de apatía generalizada y sin embargo ese verano tuve éxitos sin precedentes.

Llegó el otoño y con él más tranquilidad. Los días fríos y húmedos favorecían que me quedara más en casa o que los fines de semana me los planteara en plan tranquilo.

Uno de esos fines de semana me fui con unos compañeros del trabajo a un pueblecito prácticamente abandonado en la provincia de León donde uno de ellos tenía algunos buenos amigos.

El otro compañero, cantero de profesión, se apuntó al viaje porque pretendía colaborar en la reconstrucción de alguna casa aportando su arte y su “savoir faire”.

Yo, por mi parte, me apunté a colaborar en todo, pues soy de esos maestros de nada y aprendices de todo que valen para un roto y para un descosido. Tanto echo una maño cortando leña como coso un botón o levanto un tabique de ladrillo… por no hablar de cavar… una de mis especialidades profesionales.

La experiencia de ese fin de semana, claramente favorable, me llevó a aceptar cualquier otro fin de semana en condiciones similares. De esta forma, y al cabo de tres semanas, acepté volver al pueblecito con uno de mis compañeros, su novia y su hijo.

En principio íbamos a ir todos en un coche ya que, aunque algo apretados por las bolsas, cuatro personas íbamos bien en un Golf II del 89, pero el viernes por la mañana se apuntó una hermana de la novia de mi compañero recientemente divorciada. Como consecuencia primera, si quería ir tenía que llevar mi propio coche, lo cual no me hizo mucha gracia.

Por la tarde quedé con ellos para ver cómo nos repartíamos en los coches y decidieron endosarme a la cuñada y al niño… bonito fin de semana me esperaba. Sin embargo la cuñada resultó más llevadera de lo esperado y el niño estaba suficientemente educado como para no incordiar.

Después de casi 300 kms. y una charla bastante animada llegué a la conclusión de que A. era un tanto alocada pero interesante. Además, aunque no era muy alta tenía unas curvas que, bien miradas, podían resultar más peligrosas que algunas de las que acabábamos de recorrer en mi “Forforito”.



Sus ojos, de un felino azul y ligeramente almendrados, llamaban poderosamente el interés de los míos, siempre dispuestos a sumergirse en una aguas de semejante calado.



2 comentarios:

JOAKO dijo...

También sirvo para descoser un roto.
Finde prometedor, ¡con recien divorciada, que peligro!

Julius Xes dijo...

¿Y quién no? Sí que era prometedor el finde... aunque partí más bien incómodo por el cambio súbito de planes al final del día se me había levantado un tanto el ánimo, estimado Joako