15 de julio de 2008

De higiene íntima y personal


Hoy he pillado a mi suegra lavándole a mi hijo mayor los huevos y el culo en el bidé.

Al preguntarle que por qué lo hacía me he enterado de que a todas sus hijas y a su hijo se lo hacía después de cada cagada.

Parece ser que, además, su hijo el más mejor de los cuatro. ¡Cojonudo!. El que mejor siguió después con la tradición. ¡Me alegro!

Y resulta que ésta es la primera información que tengo de semejante costumbre. Pues van ya para diez años que soy su yerno... ¡a buenas horas mangas verdes!


Que dice ella que es muy pulcra y muy limpia y que con el papel sólo no llega. Pues ¿qué me está llamando la tía ésta a la cara? Bueno, a mi y a bastante más de la mitad de la población mundial. ¡Habráse visto!

Ella será muy aseadita y muy limpia, pero lo será para limpiarse la conciencia, si es que la tiene.



Será la situación.

Serán los años, que cada vez tengo menos paciencia.

Será que serán sus años, que ya le van llegando también.

Será que todo se junta y cada día lo llevo peor.

No lo sé.


Eso sí, lo que yo no entiendo ahora es ¿por qué, si tan bien educaditos están todos sus hijos, mi mujer nunca se acuerda de tirar de la cadena del váter? ¿Es que eso no se lo enseñaron?

¡Ufff! ¡Qué bien sienta esto de poder decir uno lo que piensa, aunque sea por escrito y a desconocidos!.

12 de julio de 2008

Mi peluquera (N.)

Durante muchos años fui hombre de peluquería de hombres, como era habitual en el mundo donde me muevo, pero un buen día me dejé guiar por mi madre y probé en la peluquería a la que iba ella.

Mi hermano, que ya había ido, me comentó que aquellas peluqueras daban unos masajes al lavarte el pelo como jamás nadie le había hecho, y la curiosidad me animó.

Además, según él, no lucían las típicas batas de peluquería, sino que gustaban de lucir esos recortes de carne prieta que asoman a un balcón de lencería entre modelitos muy en la onda de la época. Hablo de 1990, año arriba, año abajo.

No me engañó mi hermano. En absoluto. Quizás las curvas que ostentaban las dos socias de la peluquería me recordaban más a las matronas fellinianas que a las modelos en boga por esos mismos años.

El resultado, en cualquier caso, fue una especie de fetichismo que me llevó a repetir la experiencia hasta el límite de dejarme hacer cosas con el pelo que jamás se me habría ocurrido hacer como, por ejemplo, dejarlo tan largo como para poder hacerme un moldeado.

Con los años entendí al personaje de la película francesa “El marido de la peluquera” que, desde que vio asomar al escote un pecho blanco, liso y perfectamente redondo, decidió que de mayor se casaría con una peluquera porque los maridos de las peluqueras son los hombres más afortunados del mundo.

Ese imaginario sobre las relaciones sexuales con las peluqueras, en general, se centró en la mía, en particular. Quizá por eso cuando las dos peluqueras disolvieron la sociedad que tenían montada decidí que iría a donde N. fuera a trabajar, y no precisamente porque sus cortes fueran los mejores del mundo.


Así, en vez de desplazarme a la manzana vecina, empecé a cruzar media ciudad cada vez que tenía que cortarme el pelo, pero el esfuerzo merecía la pena pues sus atenciones para conmigo solían mantener mi moral alta.

Y es que hay un mucho de sensual en un masaje capilar. Que le pregunten, sino, a Meryl Streep cómo le sentó el lavado de pelo en plena sabana africana servido de manos de Robert Redford. Yo me enamoré de la Streep en esa escena, y eso que sólo cierra los ojos y disfruta.

Sus manos

húmedas

sobre mi cabeza

girando en círculos

una y otra vez

insistiendo con suavidad

con presiones lentas y largas

los dedos separados abarcando

más

y más superficie

Al final la espuma

resbalando

cabeza abajo

-blanca y tibia-

hasta la base

que la une al cuerpo

Escalofrío de placer.

Vello erizado en brazos.

Calor tibio

y húmedo…

y esa sensación de abandono

en manos de otra

que nos transporta

al útero nutricio último,

al sentido íntimo de la vida,

al sexo explícito y prístino

de carne y vello.

Y es que hay tanto erótico acumulado en dos mujeres tocándose, aunque sólo sea para darse un golpe de color en los labios -como me enseño la película Caramel-, que participar de mirón puede convertir una sesión de manicura en una de sado y una de pedicura en el infierno en vida.

Años después cambié de casa y en sus bajos, casualidades de la vida, acababa de instalar N. su nuevo local. El piso no me disgustó, pero tampoco busqué más. Se ajustaba a lo que estaba buscando y además… mejor que mejor ¿no?

N. vive en el edificio contiguo.

Desde mi patio diviso sus ventanas e imagino a su marido, feliz y satisfecho.

Desde mi cocina diviso el jardín de su edificio y a veces, en las noches cálidas de verano, se acerca a la piscina y se sienta en las tumbonas viendo caer el sol sobre el mar o tras las montañas de la otra orilla.


Sola.

En compañía.

Saca un cigarrillo y lo enciende.

Yo miro y soy un poco más feliz porque sé que seguirá estando ahí al lado, al alcance.

Yo sufro porque no es mía, y envidio al gordo de su marido a pesar de que para poco en casa porque sé que cuando vuelve de sus viajes tiene a una peluquera de suaves formas redondeadas deseando tomarlo entre sus brazos y apretarlo contra sus pechos.

10 de julio de 2008


Adaptación al medio

A lo largo de mi vida siempre me he caracterizado por ser un espíritu inquieto (viene esto a cuento de un comentario que ha dejado en el post anterior Raquel) y ello me ha acarreado diversas vicisitudes y problemas en mis relaciones de pareja que, casi siempre, he ido resolviendo por la vía de apremio… o sea, que yo me he hecho cargo de la situación.

Que a mi chica no le gusta el rock duro, los U2 y los Rolling Stones, pues no se oyen ni en casa ni en su coche. Siempre me queda el mío, el trastero y el trabajo.

Que a mi mujer no le gustan las exposiciones ni los museos, pues voy menos de lo que me apetece y aprovecho momentos libres para ver exposiciones puntuales que me parecen especialmente interesantes.

Que ni novia no quiere que fume. Delante de ella no fumo. De esta manera llevo más de doce años fumando exclusivamente de lunes a viernes en horario laboral (hasta una hora antes de salir, aproximadamente) una media de tres cigarrillos. No fumo durante el fin de semana, ni durante las vacaciones, puentes y demás. Mejor para mi. Mejor para ella.

Diréis que por qué no rompo con ellas por culpa de estas diferencias. No rompo con ellas porque me parece que la vida se compone de muchísimas cosas hermosas de las que podemos disfrutar –entre ellas las relaciones de pareja- y resulta preferible un pequeño sacrificio con el que podemos convivir perfectamente a la soledad en la vida.


Será egoísmo. Será comodidad. Será lo que sea, pero por ahora me funciona bastante bien. Si algo me incomoda hago como que ni me he enterado. Es una postura egoísta, evidentemente, pero más egoísta es rechazar a otra persona porque no se tienen exactamente las mismas aficiones. Si así fuera, la humanidad ya habría desaparecido de la faz de la Tierra.

Sostenía Darwin que los ejemplares que transferían sus peculiaridades genéticas eran los que habían logrado adaptarse mejor al medio en que vivían. Yo me adapto para sobrevivir y pago un precio por ello. ¿Caro? ¿Barato? Por ahora bastante caro, pero creo que merece la pena seguir en esa línea. Como casi todo, depende del cristal con que se mire.